"No importa si perdemos, prefiero dar quórum antes que esconderme detrás de las cortinas"
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Hacia la biografía de Luis Alfredo Juez
(Nacio el 13 de Setiembre de 1963)
Textos extraídos de “La Balada de la Etica y el Poder”

 

El portazo que abrió las esperanzas

 

El 10 de octubre de 2002 cayó miércoles. Fue un miércoles de amargura para Luis Juez. Ese día, por la mañana, fue apartado por el gobernador José Manuel de la Sota de su cargo de Fiscal Anticorrupción. A esa altura del miércoles, y del nuevo siglo, también cayó de maduro un secreto a voces. Todo el mundo sabía que el hasta entonces Fiscal se había convertido en un especie de ciruja, cartonero o reciclador del poder, hurgaba en la basura del Gobierno para separar lo orgánico de lo inorgánico, lo podrido de lo que podría ser útil para la sociedad.
Sus investigaciones, sobre graves y profundas irregularidades en la administración provincial, salpicaban grueso y feo a los hombres gordos del gobernador. Y a nadie le sonó extraño aquella conversación definitoria…
–¡Pará con las investigaciones! –le recomendó el mandatario provincial un tanto desquiciado. ¡Estamos en plena campaña y vos llenando de bosta a nuestros propios compañeros! Por qué no le aflojás un poco al papel de justiciero; de lo contrario te vas a la mierda ya mismo.
 Juez no esperó el lento devenir y acomodamiento de los hechos. Fue determinante.
–¡Agarrá tus cosas en este instante, Gustavo! –gritó el Fiscal a su asistente. Nos mandamos a mudar ya mismo. No podemos estar un minuto más en esta cueva de mafiosos.
… Luis Juez pegaba así otro portazo a la corrupción y a sus años de obediencia al delasotismo. Fue un gran impacto, aunque debemos reconocer –como lo atestiguan los propios medios escritos de aquella fecha– que no se trataba del primer estruendo. Con esto de las aberturas, Luis ya había tomado envión renunciando años atrás a su cargo de diputado provincial, avergonzado ante el aumento de las dietas para todos los legisladores. El bombazo de la salida de la Fiscalía dibujó en la calle el impacto más nítido de verdad que se haya estampado en las últimas décadas en Córdoba. ¿Quién lo duda? No sólo porque un día de octubre del año siguiente la voladura hizo madurar la amargura en alegría: el ex fiscal ganaba el reconocimiento y el honor de ser el Intendente de la Ciudad; sino también porque las puertas de la administración provincial que Juez sacudió aquella vez, quizá todavía permanezcan agitadas por el ir y venir de un vaivén de la injusticia a la desvergüenza.

***

El 13 de octubre de 2002 cayó sábado. Y fue más triste que el miércoles, cuando Juez pegó el portazo que aún es un vaivén en la actual Casa de Gobierno sin gobierno legítimo.
Ilegítimo y espurio al extremo que, todavía, la Casa de las Tejas aloja entre sus ministros a Carlos Caserio. Sí, Caserio, el hombre del ex gobernador De la Sota denunciado por enriquecimiento ilícito.
Caserio sostenía haber comprado una vivienda por 200 mil pesos cuando en realidad, el inmueble le había costado 800 mil dólares. En aquellos tiempos el funcionario fue citado en dos oportunidades por el organismo Anticorrupción provincial y no asistió en ninguna. Entonces, Luis Juez se dirigió personalmente al despacho del Ministerio de Obras Públicas y le comunicó que tendría que comparecer en la Fiscalía por la citada denuncia.
–Pero, quién creés que soy yo – cacareó Caserio.

Ese sábado de octubre fue el comienzo de un fin de semana dominado por la pena y cierta desolación en la humanidad de Juez. Había nacido su hija Milagros. La pequeña sólo tenía 6 meses de gestación, 600 gramos de peso y serias complicaciones neurológicas. Estaba internada en terapia intensiva con bajísimas chances de sobrevivir. Cada día de internación costaba 980 pesos y el IPAM, la obra social provincial, debía cubrir el tratamiento. En medio de ese trance, en su cabeza repercutía el portazo dado en la Casa de Gobierno, la frase de De la Sota “¿qué te pasa con Caserio?”...
El sábado, Milagros estaba muy grave. Su estado era desesperante. Los médicos del Sanatorio Allende le daban pocas esperanzas. La esposa de Luis ya estaba al tanto de todo lo ocurrido en Casa de Gobierno.
–¿Luis, con qué vamos a pagar el Sanatorio? –preguntó lagrimeando Victoria.
A Juez le sobrevinieron 100 respuestas en un instante, a los pocos segundos pensó en vender su estudio, aunque le llevaría unos meses liquidarlo. Y la plata hacía falta allí, en el acto, de contado...
–Mirá Vicky –prefirió decir–, voy a ir a hablar con De la Sota, voy a pelear los 20 años de amistad que he mantenido con él, le voy a pedir que me cesantee, que me pida él la renuncia para que yo pueda tener seis meses de obra social –concluyó en tono de consuelo.

El lunes cayó 15 de octubre de 2002. Temprano en la mañana, Juez entró decidido a su encuentro con el gobernador. Sin ambages ni medias tintas, una vez frente al mandatario provincial le extendió un papel que aprieta en su mano.
–Gobernador..., mi renuncia.
Entonces se produjo un silencio frío. Luego, titubeando, Juez se dirigió otra vez al entonces gobernador.
–José, te pido un favor, echame vos, porque yo necesito la obra social.Vos sabés que nació mi hija, está muy grave y se me puede morir, y yo no tengo con qué pagar, no tengo patrimonio...
–¿Qué vas a hacer con Caserio? –lo interrumpe en seco De la Sota.
–¿Qué querés que haga? –responde Luis.
–Nada, absolutamente nada –la voz del gobernador se estrelló contra las paredes empapeladas, luego tomó el papel de la renuncia, lo hizo un bollo y lo sacudió al tacho de basura.
De regreso a su casa, solo, acompañado de un par de lágrimas, sacó su celular y marcó el número de su esposa.
–Hola... Vicky... –mientras tragaba saliva le comunicó la noticia–. Vicky… tenemos... tenemos obra social.

“Ayer nomás”

–¿A ver, cómo se llamaba el amo del perro Rin Tin Tin? –Cabo Rusty... ¡loco tuvimos el primer tele del barrio! A ver vos, decime el nombre de dos tipos del pelotón del Sargento Saunders, en la serie “Combate”...

–Huuuummmm... Kirby y Littlejohn. –¡Aprobado! Va la última…

Es cierto, los mellizos y hermanos Juez tuvieron la dicha de tener el primer televisor del barrio. En ese distrito de Alberdi o Alto Alberdi, el living comedor de la casa de don Gabriel es posible que haya oficiado de cine barrial, y por las tardes seguro que hervía de chicos tomando la leche y viendo “Combate”. ¿Quién no vio “Combate”? “La serie”. Cada capítulo una historia nueva, ambientada en la Segunda Guerra Mundial, su factura parecía mostrarnos la calidad de un documental. Y lo más interesante, el grupo de protagonistas alrededor del Sargento Saunders estaba conformado por personalidades distintas, un ardid para atrapar a toda la familia. No hay dudas que don Gabriel Juez estaba a gusto con que sus hijos mirasen a las huestes de Vick Morrow en “Combate”. Don Gabriel quería a toda costa que sus hijos varones se convirtieran en grandes militares argentinos.

Tampoco le molestaba que una verdadera manada –o a veces una jauría– de niños ocupara su hogar de calle Vieytes al 263, a la hora de la merienda. Los chicos enloquecían mirando la saga del Regimiento 101 de Caballería de los EE. UU. enfrentando a contrabandistas, bandas de renegados, indios “desacatados”, y que tenía por protagonistas a un niño sobreviviente a un ataque aborigen, de nombre Cabo Rusty, y a un ovejero alemán. ¿Quién no vio a Rin Tin Tin? Por lo menos en la casa de los Juez, todos. No sólo Gabrielito, el mayor, Marta, los mellizos Luis y Daniel, Marcela y Andrea. Además, la fatalidad le arrancó la vida a Milady Juez, hermana de Don Gabriel, quien sin dudar, trajo a sus sobrinos Elías y Ernesto Castellani, ya adolescentes, a vivir a casa.

La infancia en la casa era un descalabro de chicos y chicas, propios y de casas vecinas. Pero hacía gala de ser el tiempo de la edad feliz. La mesa se estiraba y la comida se multiplicaba como peces. Don Gabriel solía cargar la prole, entera y apretada, en el Chevrolet 54 y partía hacia largas travesías por las sierras cordobesas. Gran amante del país, se las arregló para llegar con sus pequeños viajeros hasta los destinos más lejanos, Bariloche, Jujuy o las Cataratas del Iguazú. Se recuerda aún hoy en el barrio la casa rodante de Don Gabriel saliendo como un vagón de diversiones, lleno de chicos saludando por la ventanilla, con destino a Unquillo. Por esa época, la década de los 60 en ese pueblito serrano, gozaba de su adultez mayor el “nono” Elías, así es que las citas de fin de semana en la casa de los abuelos, y unos chapuzones en el balneario Los Cigarrales, eran una salida esperada. En ese tiempo Alto Alberdi, en esos rincones de la ciudad, apenas exhibía un paisaje de pocas casitas, algunas calles de tierra y grandes baldíos. Caseríos cuya densidad raleaba alejándose de la avenida Colón. Allí, por Duarte Quirós, las villas se mezclaban con casitas nuevas de plan. Gabriel reunía pibes de las casas de la cuadra y la villa y se los llevaba al campo en un clima inolvidable de aventura, transportados en esa casa con ruedas arrastrada por el enorme Chevrolet.

La llegada de Rin Tin Tin, del pelotón del Sargento Saunders, de Batman, al barrio, fue un verdadero suceso. Como en todo el mundo. Pero, por tener el aparato de TV, el comedor de la casa de los Juez fue la sala privilegiada en que decenas de chicos se arremolinaban en torno a la tele. Siguiendo con la mirada atónita las peripecias de los héroes y de las tiras de dibujos animados.

Los días de semana transcurrían con mucho cine y tele, mientras que el sábado era la oportunidad de pasar la jornada con la tía Cocha y el tío Toto en la casona del Cerro de las Rosas con pileta de natación. El solar se transformaba los fines de semana en un verdadero club social, en el que las canastas de picnic en las largas siestas se compartían en un clima de enorme fiesta. El lugar se constituyó también en sede de los festejos de fin de año para la multitudinaria familia. En una oportunidad en la que, Don Gabriel, Doña Adela y los mellizos viajaban en el auto camino a Jujuy a una fiesta de casamiento de unos amigos, pararon en Tucumán a descansar unas horas. Luis y Daniel, muy pequeños, paseaban con su madre por el centro tucumano cuando una gitana se acercó con las clásicas ofertas de adivinanzas por unas monedas. La mujer miró a los mellizos y luego a su madre. Adela, inmutable y risueña la escuchó decir: “Este niñito –señalando a Luis– será algún día presidente del país, y este otro rubiecito será cardenal, ¡te esperan grandes días mujer!”

Gabriel, Luis y Daniel realizaron los estudios primarios en la escuela Dalmacio Vélez Sársfield, en la esquina de avenida Colón y Pedro Goyena. Su padre, ferviente defensor de la educación pública, así lo quiso. Los chicos andaban bien con las clases, eso sí, después de acomodar algunos tropiezos en el primer grado inferior. Doña Adela los vestía exactamente iguales. Ellos no eran gemelos, Luisito era medio orejudo, morocho; Danielito, rubiecito y de ojos muy claros. Pero las remeras, los pantalones cortos, las medias y zapatillas, los igualaba. Eran buenos estudiantes y de vez en cuando traían alguna que otra satisfacción para la familia, como el premio de Literatura que ganó Luis en la “Redacción a la Madre”, en cuarto grado.

La ropa, los guardapolvos, y hasta los juguetes, pasaban de los mayores a los chicos que crecían. Todo se compartía. De verdad. La verdad también se compartía. Luis y Daniel tenían una bicicleta y Don Gabriel los llevó una mañana de sábado a lo de Breppe –un gran campeón del ciclismo cordobés– por aquellos días dueño de una bicicletería cerca del cementerio San Jerónimo. La compra de algunos accesorios para la bici era una promesa que esa mañana Don Gabriel había previsto cumplir. Puñeras, cables, ojos de gato, un asiento nuevo y hasta una par de calcomanías. Al llegar a casa Don Gabriel desarma el paquete y caen dos fundas de freno.

¡Epa... muchachos! ¿Y eso? Yo no compré esas fundas –afirmó azorado el padre. Los mellizos se miraron cómplices y no hicieron falta más palabras. Don Gabriel los subió el auto de un solo grito. Minutos después estaban ante don Luis Breppe pidiendo disculpas y dejando la mercadería llevada “por equivocación”.

Don Gabriel Juez se hizo paracaidista. El fue el autor de “La Mezquita”, una torre de práctica que todavía se utiliza para ejercicios militares en los cuarteles del camino a La Calera, próxima a la ciudad de Córdoba. El nombre de la instalación le fue dado en homenaje al “turco Juez”, quien no sólo la había concebido, sino que pasó días enteros para construirla.

Los mellizos Juez solían extasiarse viendo a su padre en las prácticas y saltos. En una oportunidad, al volver de una de esas jornadas, Daniel tomó un gran paraguas de Doña Adela y marchó hacia la terraza de la casa. Luis, atento a cada movimiento, lo dirigía para asegurar el éxito de la experiencia: Daniel en la cornisa, el paraguas abierto. Todo listo... Luis se disponía a dar la orden. Pero Doña Adela, acomodando el dormitorio de arriba, vio a Daniel por la ventana dispuesto a lanzarse al vacío, y con los gritos propios de madre evitó un seguro accidente. Los mellizos eran traviesos e inquietos. Desde el episodio de la terraza nadie los quería perder de vista. No obstante, las cosas se agravaban cuando eludían “los controles”. Cuando tenían seis años, una mañana en que su madre estaba ausente, los mellizos jugaban con un vecino a “Combate”. ¿Quién no ha jugado a “Combate”?

Marcela los vigilaba desde la cocina. Se arrastraban como lagartos camuflados por el patio, caminaban agazapados al costado de la tapia, se escondían detrás de los árboles, le disparaban imaginariamente a los alemanes, hablaban por sus radios improvisadas con latas de sardina, hasta que se les dio por arrojar fósforos encendidos al garaje de la casa. Rápidamente tomaron fuego las pilas de papel, las bolsas de carbón y algunas ropas amontonadas en el lugar. A los minutos la vereda de la casa se llenó de estudiantes de la zona y vecinos que acarreaban baldes con agua y arena. Cuando llegaron los bomberos, el fuego ya estaba sofocado y los chicos, aterrorizados sentados en la verja.

La conmoción de Adela y Don Gabriel era indescriptible. Nadie atinaba a otra cosa que lamentarse y desde luego, dar gracias a Dios por las garrafas que no estallaron en el garaje. Marcelito, el vecino, y los mellizos, temblaban blancos de pálidos ante la mirada severa del comisario de la seccional 11 presente en la situación. Don Gabriel los miraba con gesto adusto y la cosa se puso más tensa.

El policía les pegó un buen reto, Daniel y Marcelo enmudecieron, sin embargo Luis se envalentonó y, como descargo, acusó a su papá de querer que trabajaran hombreando bolsas de carbón. Y que ellos, por ser menores, no debían hacerlo. Don Gabriel se quedó petrificado. Días antes había reprendido a los mellizos diciendo que, si no estudiaban más, los iba a mandar a trabajar a la carbonería del barrio.

Don Gabriel Juez, Sub Oficial del Ejército, peronista del Perón nacionalista, concebía el transcurrir de los años como una secuencia de tres pasos para sus hijos. Primaria, Liceo, Colegio Militar de la Nación. Así fue la historia para el primogénito. El sueño de Don Gabriel. Del Liceo a Coronel. Para Luis y Daniel el destino no parecía diferente. Después de la escuela primaria rindieron e ingresaron al Liceo Militar General Paz, aunque al final de esos cinco años los planes de Don Gabriel se modificarían. Los mellizos estudiaban en el Liceo. Vivían allí y ganaban amigos. Como cualquier adolescente, jugaban a los extremos de pasar por niños y pretender la barba con apuro. La guerra natural entre el chupetín y los cigarrillos. Jugaban con libros y mucha disciplina, manejaban armas y los temperamentos se encrespaban. Puertas afuera tenía lugar la dictadura más atroz que haya conocido el país. El aire político enrarecido y violento se filtraba de a poco en los cuarteles. Lo mismo sucedía en el Liceo Militar ubicado en la salida norte de la ciudad de Córdoba.

Los muchachos de la promoción 33, habían ingresado en el año 1977, a un año del golpe del General Jorge Rafael Videla. Los jóvenes de todo el país estaban en la picota de la sospecha. El miedo y clima de terror exacerbaban la férrea disciplina en las escuelas militares. A medida que los años pasaban, la represión no alcanzaba a acallar el clamor social por una salida inmediata y democrática de ese paisaje militarizado hasta el exceso. Ese clamor también alcanzaba a sudarse en los muros de los colegios más herméticos. La juventud se estremecía y, tibiamente se animaba con la información que lentamente iba perdiendo sus velos; y en las mesas familiares el mantel se mezclaba desordenado con el debate que entraba desde las calles.

Don Gabriel se había retirado en el 69 del ejército. Aquel año caliente de “El Cordobazo” precipitaba inexorable el desbarranque del General Onganía, otro dictador de turno. Además de la oportunidad de la jubilación, Don Juez comenzaba a acusar tristes síntomas de desencanto con el querido ejército, que él siempre había respetado.

La jubilación de los militares no era gran cosa, de modo que, desde los cuarteles, Don Gabriel pasó al asiento de un Renault Gordini como taxista full time. Además, se decidió a poner manos a la obra con el propósito de instalar un pequeño taller mecánico en Barrio Providencia. Por el cuarto año de estudio, Luis sostuvo un fuerte altercado con un Oficial en el Liceo. La discusión no va de la mano de los esquemas de extremo verticalismo, parecía que no sólo las órdenes no se discuten con un superior, tampoco las opiniones. El resultado fue el castigo sin franco para el jovencito Juez, y un profundo sentimiento de injusticia que alejó definitivamente la idea de un futuro militar en su vida.

Aún con desgano, los mellizos se dejaron llevar por los trámites de ingreso al Colegio Militar. Accedieron a los preparativos para rendir varias materias y las revisaciones médicas de rigor. Pero las audiometrías no le dieron buenos resultados. Luis y Daniel se entusiasmaban con la idea de no ser aceptados. No fue fácil el año 82 para Don Juez. Abrió, en plena dictadura, una unidad básica a la vuelta de su casa en Manuel Rivero 264 (en ese entonces pasaje Haedo). El régimen militar, con Galtieri a la cabeza, se derrumbaba después de la Guerra de Malvinas. Los mellizos se le plantaron con el No al colegio militar, y le daba un “no se qué” decir que tenía en el ropero dos trajes flamantes con corbata y todo, listos para el día en que rindieran el examen.              

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–¿A ver, cómo se llamaba el amo del perro Rin Tin Tin? –Cabo Rusty... ¡loco tuvimos el primer tele del barrio! A ver vos, decime el nombre de dos tipos del pelotón del Sargento Saunders, en la serie “Combate”...

–Huuuummmm... Kirby y Littlejohn. –¡Aprobado! Va la última: ¿cómo se llamaba la heroína de “El Gran Chaparral”?

–¿Cuál, la interpretada por Linda Cristal? –Claro...

–Ehhhhhhh... Victoria...

“El Gran Chaparral” era la serie inaugurada en 1967, creada por David Dortort, considerado el genio que habría inspirado a “Bonanza”. El personaje de John Cannon es el patriarca de un grupo de afincados que pretende coexistir en tolerancia con el pueblo Apache y con los mejicanos. Precisamente el casamiento del dueño del rancho con la hija de un hacendado de México, Victoria Montoya, pretende unir las familias y abonar la tolerancia en un ambiente hostil. La serie exploraba situaciones inéditas para la tele: la interculturalidad, la presencia de los originarios (interpretados por miembros reales del pueblo Apache), los conflictos apaches...

Victoria Corte es porteña. Bajita, menuda y buena moza. Y era, además, hija de Oscar Corte, militar y amigo entrañable de Don Gabriel desde la juventud. La carrera militar los había unido en una camaradería y amistad profunda, y a fuerza de los hechos, se puede decir para siempre. La cercanía de estos militares fue tal que los hermanos y mellizos Juez le llamaban Tío Oscar. De hecho, compartían vacaciones, visitas de fin de semana, paseos y fiestas. Es así como Vicky y Luis se conocían de muy niños. Victoria luego, en el 92 fue la esposa de Luis Juez. Y Oscar Corte dejo de ser el “tío”, para constituirse formalmente en su suegro.

La genealogía matrimonial, el árbol juecista en el valle de las pasiones humanas y maritales se remonta a la llegada del patriarca Don Elías, procedente de Damasco, Siria, a quien no le fue mal en su ilusión de coexistir entre tantos inmigrantes, criollos, latinoamericanos y originarios en la Córdoba del nuevo siglo. En el naciente Alberdi multicultural. Don Elías hizo gala de su raza y de su cultura, le vendió telas a Dios y a María Santísima, con una estrategia que no falla: voluntad, intuición y sacrificio. Vistió al barrio, a la ciudad y a la colonia, como era menester en la época para aquellos hombres que querían convertirse en grandes negociantes y marcar los caminos de la prosperidad. De hecho que este joven sirio habrá caminado la cubierta de un lado al otro con unos buenos pesos zurcidos en los bolsillos. Pero también pataconeó las calles de tierra y recorrió las huellas entre los campos y montes del interior cordobés con su carro hasta el moño de géneros y los más variados insumos de costura. Don Elías viajaba por tren con la carga de lienzos, paños, casimires, sedas, terciopelos, hilos, dedales y agujas, hasta un determinado pueblo, y allí practicaba el trasbordo a una jardinera o carro amigo y, con algún pibe baqueano en las riendas, se aventuraban por las más indómitas trazas y surcos del interior provincial. Con el tiempo, Don Elías era local en Córdoba ciudad y también era local en las poblaciones de un área que llegaba hasta Cruz del Eje. Cada salida de este viajante y mercader textil abarcaba unos 20 días de aventura, de verborragia comercial, ejercicios interminables de labia mercantil, miedo, hostilidad, julepes, bromas, historias, mitos y una inquebrantable tenacidad.

Claro que sí, esa perseverancia, paciencia y firmeza se sostenían en los éxitos. Por los años 20, Don Elías acumulaba varias decenas de propiedades y el futuro se veía prometedor. El y tantos otros hombres que llegaron a esta tierra procedentes del oriente medio, abrazaron la prosperidad que el siglo XX les negó a miles de otros. Incluso hasta el presente. Entre negocio y negocio, conoció a María Jalil, se casaron, y en 1927 nació Gabriel. Gabriel Juez era el menor de los varones entre once hermanos: Chara, Carmen, Luis, Jorge, Miguel, María, Milady, Sude, Pedro y Cocha. La familia miraba con ganas el futuro, pero el 30 no sólo fue el año del derrumbe americano, también estos turcos trabajadores sufrieron los embates de la crisis. Don Elías casi queda sin nada.

Gabriel y sus hermanos crecían en un hogar que se había asomado al esplendor, pero que ya no expresaba el pasado de holgura de sus padres. Aún así, no faltaba nada en casa. La austeridad, el sacrificio y el trabajo, fueron el ambiente apropiado para una familia demasiado numerosa, ya definitivamente cordobesa. Gabriel Juez creció en aquella casa de inmigrantes trabajadores, y al tiempo conoció a Adela Bernarda Losada, una jovencita cordobesa hija de unos españoles fuertes como los árboles venidos de La Coruña. Era única hija, su madre dio a luz a un niño que falleció a sólo 15 días de nacer.

Adela y Gabriel se conocieron en Unquillo, pueblo en el que se establecieron Don Elías Juez y María Jalil. Adela vivía en casa de una amiga, Anita, ya que sus padres residían en Buenos Aires atados por el trabajo de Don José Maria Losada, un experto jardinero que participó de los diseños del Parque Lezama. Luego su fama de buen paisajista lo llevó por el camino de importantes trabajos en diferentes quintas bonaerenses.

Adela soñaba con ser médica, pero las tareas itinerantes de sus padres solamente le permitieron terminar la escuela primaria. Esa ilusión la cumpliría su hija Marta. Las más chicas, Marcela y Andrea abrazaron la carrera docente. Siendo casi una niña, Adela tembló ante la declaración de amor de Gabriel, y recién casados arrancaron para Barrio Alto Alberdi donde construyeron una casita.

Al cumplir los 18 años, Gabriel seguía atentamente los sucesos cuando Juan Domingo Perón era rescatado de Martín García y se producía el gran acto de la lealtad. Gabriel se hizo peronista. Le gustaba más Rojas que Lonardi, y el ‘55, una década después, lo encontró luciendo el rango de Suboficial y amigo de la libertadora...

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–¿A ver, cómo se llamaba el amo del perro Rin Tin Tin? –Cabo Rusty... ¡loco tuvimos el primer tele del barrio! A ver vos, decime el nombre de dos tipos del pelotón del Sargento Saunders, en la serie “Combate”...

–Huuuummmm... Kirby y Littlejohn. –¡Aprobado! Va la última: ¿cómo se llamaba el padre del paladín don Diego de la Vega?

–No me jodas... Don Alejandro...

Aunque el nacimiento de su hija más pequeña, Milagros, “me volvió un tipo más, cómo te digo... justiciero”, Luis Juez siempre miró con pasión la cuestión de la Justicia. Desde el ‘82 comenzó a estudiar Abogacía, carrera que realizó en poco más de tres años y medio. Daniel, en tanto, eligió Ingeniería. Soplaba fuerte un viento democrático en esos años, las elecciones ya estaban anunciadas y el clima en las universidades se calentaba de rebeldía y contagiosa participación juvenil. La política había ganado las calles, aunque entre marchas y bullicio militante, los militares no dejaban de acometer zarpazos represivos. Sin dudas, eran los últimos manotazos.

Raúl Alfonsín se levantaba como un líder indiscutido de los jóvenes y de las mayorías ciudadanas. Encendidos actos cívicos lo proclamaban como el futuro presidente del país. A Luis Juez no le quedaba un solo rastro de aquel cadete liceísta. Usaba el pelo largo, a veces barba, y la pulcritud de los años pasados desaparecía tras la imagen de un joven desalineado, informal y enemigo de las convenciones. Pero el entusiasmo desbordante del Radicalismo no pudo contarlo en las filas rojiblancas. Juez desde los 17, se había incorporado a las huestes de la Juventud Peronista. Por aquellos días, los cafés del centro de la ciudad y otros reductos nocturnos se caldeaban con mítines salvajes y espontáneos. El desierto humano de los dictadores se había colmado de miles de discutidores. De una legión de polemizantes, de revolucionarios, de pibes historicistas, reformadores, auténticos, paracaidistas políticos, nuevos pensadores, de “filósofos de la empanada”... Cientos de tendencias y decenas de partidos confrontaban ideas en las mesas más diversas de cuanto bar se abría. Los departamentos de estudiantes eran polvorines de ganas de militar en la vida cívica del país.

En uno de esos departamentos alquilados por jóvenes del interior, vivía Daniel Giacomino. Un muchacho de San Francisco, corazón de la pampa gringa piamontesa de la provincia, estudiante de Bioquímica y simpatizante de la Franja Morada, ala estudiantil tradicional del Radicalismo. Daniel compartía la vivienda con Juan Testa, compañero en la Facultad de Derecho de Luis Juez. Ese departamento de Alberdi, frente a la Plaza Colón, fue el punto de partida de una amistad que jamás, sus protagonistas, imaginarían en qué iba a desembocar. Daniel cantaba y siempre “sorprendía” con una nueva canción en la guitarra. Los libros siempre podían esperar en esos encuentros de chicas y muchachos universitarios.

¿Te acordás cuando venía ese bomboncito de Berrotarán? –solía lamentarse Juancito Testa por aquellos años. La casa de Don Gabriel Juez de la calle Vieytes sumaba nuevas caras a sus reuniones. Ya no era la tele, “Rin Tin Tin”, “Combate”, “El Gran Chaparral”... sino el trajín de tantos hijos en la universidad y en el barrio. Roberto Bracamonte, un estudiante catamarqueño se había instalado prácticamente en la casa paterna. Alquilaba al frente de los Juez, pero su vida transcurría más en la casa de Doña Adela.

Roberto se sumaba a las pegatinas de afiches y actividades de la unidad básica, cuando no acompañaba a Don Gabriel a llevar algunas docenas de empanadas a la “villa” y a casas vecinas. Era normal cargar el Citroen de “Capocha” Borello y el Chevy del Grandote Maldonado, de tarros y rollos de papel para salir por las noches de pegatina y campaña. El Negro Barrionuevo era infaltable en esas misiones. Si no tenían como destino la agitación política, los autos cargados de amigos desembarcaban en “Bongó”, “Banzai” o cualquiera de los boliches cercanos a Villa Allende. Las peñas del comedor universitario también eran una alternativa a la hora de divertirse. Luis Juez no era afecto al baile, más bien amaba desparramar su destreza física en otros escenarios. Por ejemplo en las canchas de fútbol. Aunque nada hacía y hace garantizar su lucimiento. Militaba en la facultad y militaba en el barrio. Sus dotes para el liderazgo lo mostraban lentamente como un conocido dirigente de la Seccional 11, su barrio natal. La unidad básica de la vuelta bramaba con los preparativos electorales de 1983. Octubre hervía de fervor popular, y las caras de De la Sota, Schiaretti y otros muchachos del peronismo se hicieron familiares en el local del Pasaje Haedo.

Italo Lúder, candidato del peronismo fue derrotado por la Lista 3 de la Unión Cívica Radical, con Raúl Alfonsín como presidente. Eduardo César Angeloz venció como gobernador, y Ramón Bautista Mestre se impuso como el intendente en el retorno de la democracia. Luis seguía en la JP y, ya como abogado, en el año 87 fue designado presidente de la Juventud Peronista. A los meses se instaló con cuatro amigos colegas en su primer estudio profesional en la calle Fructuoso Rivera.

El 17 de agosto de 1994, Luis Juez asumió el cargo de Diputado Provincial por la Unión de Fuerzas Sociales, conducidas por De la Sota. La asunción se produjo ante el abandono a su banca del legislador Llamoza, y ejerció ese mandato hasta el 24 de noviembre de 1995. En las elecciones de ese año, Luis Juez resultó electo para diputado e inició un nuevo mandato el 24 de noviembre. Pero el 18 de diciembre de 1996, renunció a su banca y se manifestó contundentemente en el recinto –y en la calle-, en contra del aumento en las dietas por el que votaron todos los bloques. Luis Juez iniciaba así un camino sin retorno en el escenario político cordobés.

A partir de aquel portazo al cargo, a los privilegios, a la dieta, se dedicó a su estudio sin descuidar la militancia política. En el año 1999 fue convocado para desempeñar el cargo de Director en el área de Vialidad. A sólo un año de esa designación, De la Sota le propone el cargo de Fiscal Anticorrupción de la Provincia de Córdoba. Luego la historia es conocida. El gobernador De la Sota lo hecha al producirse denuncias desde la fiscalía que comprometían seriamente a los hombres de su entorno.
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